
Maneras de agravar la incertidumbre
La navaja de Occam se hunde en la materia novelesca
Con unas botas demasiado grandes, cruzo el barrial del gallinero. El tronco robusto del nogal me impide el paso. Solo puedo alzar la vista. Sé que en el vacío, allá en lo alto, hay algo. Pero no puedo hacer pie en la altura. Menos hundirme, como ahora, en este caldo. Que bulle de ruidos ignotos. De apariciones imprevistas. Fijo entonces la mirada. En esta mínima porción de tierra. Para ahuyentar el vértigo.
El bien y el mal andan a sus anchas
Se oyen silbidos. Tarareos. Insistentes melodías. Incluso yo puedo vibrar en el desquicio del aire. Sintiendo la tensión de la carne. Este soplo caluroso. Que lo pega todo con su baba invisible. No deja que el mundo estalle en mil pedazos.
Han derrocado al presidente de la nación
Y mamá no quiere salir de casa. No quiere que la vean los vecinos y ella tampoco quiere verlos. Se agarra la cabeza con las manos, encerrada en una habitación que parece una celda. Con los codos apoyados sobre el escritorio, donde antes corregía las tareas de los chicos. Mamá piensa: “no quiero dejarme confundir por ninguna visión”. Y se queda ahí. Como falta a la escuela, mandan al médico auditor. Mamá mira las pastillas recetadas, no sabe aún si las tomará. Más allá de los cristales, el aire está atestado de fuerzas invisibles.
La estación de la melancolía
Esta vida se extenderá todo el invierno. ¿Cuánto falta para que termine? El abuelo es un gran conocedor del tiempo. Sabe evaluar el valor de un día más o un día menos. Pero no necesito escuchar sus pronósticos. La vida en el pueblo es un invierno larguísimo y monótono. La primavera y el verano resultan cortos en el recuerdo, como si no durasen más de dos días. Incluso en esos días, aun en los más hermosos, a veces cae la nieve.
Paradisíaco o infernal
La gente es rara. Sobre todo, si la consideramos a poca distancia. Nos abre las puertas de su casa. Comprobamos que cada habitante tiene su manera de escalar su abismo interior. En la compacta superficie del mundo, a plena luz del día, la gente parece arrastrarse del modo más natural.
Sirenas mudas
De cada libro espero algo. Aunque no me lo confiese. Algo que, sin embargo, siempre se posterga. Me obliga a reponerme de cada decepción. Para seguir buscando. Por momentos, las voces de los muertos nos contagian su extraña fe. Una especie de música que puede abandonarnos en el paisaje más desierto.
